ENTREGA 1 "Viejos recuerdos que aún perduran"

Eran las 8 de la mañana, tal y como habían acordado, aquel despistado muchacho se había reunido en la oficina de su padre junto al señor de pelo blanco. A su lado su inseparable dama, una mujer un poco más alta que él, algo no muy difícil, de complexión media y pelo castaño. A él le temblaban las manos, parecía como si ese lugar hubiera sido su hogar durante años, sin embargo todo le resultaba extraño. Ella le agarró del meñique, tranquila. Y su mirada de serenidad calmó durante unos segundos al joven. Frente a ellos un hombre mayor con barba blanca y pelo canoso, mucho más alto y con la apariencia de querer acabar aquello cuanto antes.

Pues bien, solo debe firmar aquí y aquí. - Dijo el anciano. El joven rompió a llorar. Entre sus lágrimas desdibujó con lienzo débil su firma en aquel papel. Ya está. - Le dijo ella. Ya ha pasado todo. - Continuó.

Aquella fue la última vez que las paredes de aquel lugar iban a escuchar a un miembro de la familia que las había puesto allí. La investigación que había llevado su padre durante la época de los inicios de la sexta guerra del siglo y los continuos ataques hacia su persona lo habían llevado a la enfermedad, una enfermedad que lo carcomía por dentro, que parecía robarle el alma, y con él, la propia vida. Hoy era su hijo quien recogía las pertenencias del padre y firmaba el documento que permitiría demoler aquella oficina donde tantas incógnitas fueron resueltas, donde tanta vida había sido entregada pero que ahora brillaba por su ausencia. La chica le agarró por la espalda, recogieron las últimas carpetas que quedaban bajo su mesa, en la repisa más inferior de aquella mesa color caoba. Los suelos enmoquetados reflejaban el desgaste al que se habían estado sometidos, su color azul grisáceo, blanco en las zonas más desgastadas daban fe de ello. Incluso las plantas se habían puesto mustias a la par que lo hizo la vida de su pobre padre.

Él que no era para nada como su padre, jamás había sabido de aquel trabajo, ni quiso saberlo. Su vida se había dedicado a un camino totalmente opuesto, el de la cooperación. Era embajador de su tierra, el más joven de su gremio, la eminencia que todo pueblo había querido algún día querer. Su padre siempre había estado orgulloso de ello y por eso, nunca quiso que su trabajo oscureciera la trayectoria de su hijo. Eso explica por qué con tan corta edad, pues no había cumplido los aún dieciséis meses, lo dejó en adopción en el convento del pueblo. Huérfano de madre y ahora de padre, se crió bajo los cuidados de la que sería su modelo a seguir, la superiora del convento, no fueron los caldos ni los ungüentos que le dieron lo que le enriqueció, sino las lecciones de vida que aquel lugar le dio durante toda su infancia. Con diecisiete años terminó sus estudios y comenzó a trabajar en las oficinas diplomáticas comarcales, allí conoció a la que hoy es su mejor amiga, y también la mujer a la que más quiere y querrá en este mundo. Pronto le rondó y aunque no fue ni a la primera, ni tampoco a la tercera, logró quedar con ella un día para salir a tomar algo, dar un paseo y conocerla un poco. Su vida cobraba el sentido del que no había podido disfrutar durante sus primeros años, su fuerza de voluntad y su capacidad de trabajo le hicieron llegar a dirigir la oficina comarcal y de allí le ofrecieron el puesto de asesor de coordinación a nivel regional. Finalmente y tras varios ascensos de los que no cabía duda, era merecedor, logró el puesto de embajador, un puesto al que él renegó en varias ocasiones pero que tuvo que aceptar ante tal insistencia. No eran los métodos los que se estaban instaurando en la política de su región lo que le preocupaba sino en lo que estaban derivando a raíz del último nombramiento. Él no quería ser partícipe de aquellos actos y decisiones que solo estaban favoreciendo a unos pocos, a los más ricos.

Bajaron las escaleras del edificio, en sus brazos las últimas carpetas y archivos que su padre había estado tanto tiempo recogiendo, las guardaron en el coche, había varios montones apilados, eran tantos que uno de ellos se vino abajo, de entre todas las carpetas cayó una que estaba abierta, era la única que no tenía sus gomas negras atadas. Entre los papeles que escondía dentro, asomó una foto, era la de su jefe, aquel que tan insistentemente le había pedido que aceptara el cargo de embajador. Ella, que estaba agachada recogiendo los papeles, agarró la foto, la miró un segundo y acto seguido levantó la vista, las miradas fueron cómplices, el silencio solo hizo más que hacer de aquella situación algo más tenso. ¿Por qué iba su padre a estar investigando a su jefe? Algo no cuadraba, cuando todo parecía haber terminado para aquellos documentos, una nueva incógnita se abría paso.

Continuará.